Prada no es solo moda: es un estado de la mente. Fundada en 1913 en Milán por Mario Prada como Fratelli Prada, la casa comenzó fabricando baúles, bolsos y accesorios de cuero de lujo. Pero fue en 1978 cuando la historia dio un giro radical: Miuccia Prada, nieta del fundador, tomó las riendas junto a su esposo Patrizio Bertelli. Con una formación en Ciencias Políticas y una pasión por el teatro, Miuccia no tenía la formación convencional de un diseñador. Pero supo lo que otros no vieron: que la verdadera revolución no estaba en la opulencia, sino en la inteligencia del diseño.
En 1985, presentó el bolso de nailon negro —el primer icono de la nueva era Prada— que convertía un material funcional en un objeto de deseo. En 1989 llegó su primera colección prêt-à-porter, con prendas de líneas limpias, colores básicos y telas de una calidad impecable. La crítica aprobó y Prada se disparó a la fama internacional. Prada había conseguido lo que pocas marcas alcanzan: ser ultrachic, alternativa, intelectual y marcadora de tendencias al mismo tiempo.
En perfumería, Prada traduce esa misma filosofía. Sus fragancias son limpias, sofisticadas y sorprendentemente adictivas, con un equilibrio impecable entre tradición y vanguardia. La colaboración con Puig ha dado vida a líneas icónicas como Luna Rossa, Paradoxe, Candy y L’Homme, cada una abordando un aspecto de la elegancia intelectual que define a la marca. Y hay una nota que, como un hilo invisible, recorre todo su ADN: el iris, en todas sus facetas empolvadas y atalcadas. Con más de 106 fragancias en su catálogo y la colaboración con perfumistas como Daniela Andrier y Anne Flipo , la casa demuestra que no sigue tendencias: las redefine.