Yves Saint Laurent no es solo un nombre en la perfumería: es una declaración de principios. El diseñador que liberó a la mujer con el esmoquin femenino en los años 60 concibió sus perfumes con la misma rebeldía: herramientas para que la mujer afirmara su libertad y rompiera esquemas. Su filosofía, como él mismo definió, fue clara: "Chanel liberó a la mujer; yo la empoderé".
En 1964, Saint Laurent lanzó su primer perfume femenino, Y. Dos años antes ya se había convertido en el enfant terrible de la alta costura con su primer desfile propio. Pero fue en 1977 cuando todo cambió. Con Opium, quiso rendir homenaje a una emperatriz china y al refinamiento de Oriente. El nombre provocó un escándalo internacional y su frasco se inspiró en un inrō, la pequeña caja lacada en rojo que los samuráis usaban para guardar especias o medicinas. Era tan diminuta como el efecto era adictivo. A pesar de la controversia, se agotó en los anaqueles y nunca ha dejado de reinventarse.
Esa actitud también la trasladó al ámbito masculino: para Kouros (1981) se inspiró en una escultura griega y quiso capturar el aroma de los dioses. Con M7 (2002) fue más allá, creando la primera gran fragancia masculina que se atrevió con un acorde de oud como ingrediente principal, abriendo el camino a toda una nueva generación de perfumes amaderados.
Más allá de los lanzamientos, la casa siempre ha entendido la perfumería como alta costura olfativa. Sus frascos son objetos de deseo: desde el diseño arquitectónico de Libre, que juega con la letra emblemática de la casa y lo envuelve en cadenas de oro, hasta las líneas minimalistas de MYSLF y la elegancia dorada de Cinéma, cuyo botellón se inspira en una noche de alfombra roja y en las estatuillas de los grandes premios del cine.
En esencia, la perfumería de Yves Saint Laurent es un canto a la condición humana. Una oda a vivir con intensidad, a decir "sí" a uno mismo y a llevar la libertad como el mejor de los accesorios.